Hispanic
Ministry
Coordinator: Eva Meraz 218-8473
December 9th, 1531, the feast of
the Immaculate Mass in Mexico
City. Passing by Tepeyac Hill he
heard the beautiful singing of
birds, seemingly from heaven.
Looking to see where the
celestial music was coming from,
he suddenly heard a young
woman's voice affectionately
calling his name, "Juanito."
Reaching the top of the hill, he
saw a radiant woman clothed in
splendid light - the Ever Virgin
Holy Mary, Mother of God. She
told Juan that she desired him to
be her special messenger to the
Bishop of Mexico City. Juan was
to tell the bishop that Our Lady
wanted and hear the petitions of
her spiritual children.

After being put off by the bishop's
servants, Juan was finally granted
an audience with Franciscan
Bishop Fray Juan Zumarraga.
The bishop didn't initially believe
Juan Diego and asked him to
return another day. Secretly, the
bishop had been invoking the
intercession of the Mother of God
for help. The Spaniards had
recently conquered the native
Aztec people and were treating
them harshly. Very few were
willing to abandon their pagan
gods and embrace the religion of
their new dictators. All of this
weighed heavy on the heart of
Bishop Zumarraga, whom history
now knows as the "Protector of
the Native People." He wondered
if Juan Diego's story was the
answer to his prayers.

Dejected, Juan returned to
Tepeyac and asked Our Lady to
use someone else more worthy
than himself. She assured him
that he was personally chosen to
be her ambassador. The next day
he returned to plead with the
bishop. Though impressed by
Juan's persistence, he was still
unsure. He sent Juan to tell the
Lady he needed a sign in order
to know if it was truly her.

Upon hearing the bishop's
request, Our Lady told Juan to
return the next day and she
would give him the sign he
needed. Returning home, Juan
found his uncle ill and close to
death. Instead of returning the
next day, Juan stayed home and
took care of his ailing uncle. Early
on December 12th, Juan rushed
to Mexico City in order to get a
priest to administer the last rites
to his dying uncle. On his way he
went around the back of Tepeyac
Hill in order to avoid Our Lady
whom he knew would surely
understand.

But Our Lady meet him anyway
telling him not to worry, his uncle
was already healed. He was to
learn later that at that moment
Our Lady had appeared to his
uncle, who was restored to
health. She urged Juan to go to
the top of the hill were he would
find flowers miraculously growing.
many vibrant flowers during the
frosty time of the year. He cut
them and gathered them in his
tilma (cloak). Our Lady arranged
the flowers with her own hands,
rolled up the tilma and ordered
Juan not to unfurl his tilma until
he was in the presence of the
bishop.

After being harassed by the
bishop's servants, Juan was
finally brought in to see him. After
recounting every detail of his
conversation with Our Lady, he
let down his tilma and the flowers
fell to the floor. Juan was
surprised when everyone in the
room also fell to the floor on their
knees. The image of Our Lady
had miraculously appeared on
Juan's tilma! Repenting for his
unbelief with abundant tears,
Bishop Juan Zumarraga promised
to build the shrine that Our Lady
had requested.

Soon the church was built and
the holy image transferred. The
story spread like wildfire and
people began to stream in to see
the heavenly image and hear the
story from Juan Diego. Many
miracles starting happening and
in the following years some 10
million were baptized and
converted to the Jesus Christ!
Pope John Paul II declared
Blessed Juan Diego the greatest
evangelist of all times.
En el año de 1531, a los pocos
días del mes de pasar por un
cerro llamado Tepeyac escuchó
que lo llamaban:

"Juanito, Juan Dieguito". Este
subió a la cumbre del cerro y,
cuando llegó, mucho se admiró de
una mujer vestida de sol, que lo
llamó para que fuera bien cerquita
de ella y le descubrió su voluntad.

"Sabe Juan Diego que yo soy la
siempre Virgen Santa María,
Madre del verdadero Dios por
quien se vive. Mucho quiero que
se me construya una casita para
mostrar a mi hijo y para darlo a
todos los hombres que me
invoquen. Porque yo en verdad
soy vuestra madre compasiva.
Para cumplir mi deseo ve al
palacio del Obispo de México y
dile cómo yo personalmente, yo
que soy la Madre de Dios te
envío".

Juan Diego fue directo al palacio
del Obispo, Don Fray Juan de
Zumárraga, pero aunque éste lo
recibió, no creyó en su palabra y
le mandó que volviera al día
siguiente.

El Domingo, después de oír Misa,
fue nuevamente Juan Diego al
palacio del Obispo. En este
segundo encuentro muchas cosas
le preguntó y para estar seguro
de que se trataba de la Madre de
Dios, le pidió una señal.

Juan Diego le dio la respuesta del
Obispo a la Virgen, quien le
mandó volver al día siguiente.
Pero el lunes ya no pudo
regresar, porque encontró en su
casa que su tío Juan Bernardino
estaba muy enfermo, para morir.
Se quedó todo el día con él y el
día martes 12 de Diciembre,
cuando todavía era de noche,
salió Juan Diego a México a
buscar un sacerdote que
preparara a su tío para la muerte.
Cuando estaba cerca del cerro
pensó: "Si voy por el mismo
camino la Madre de Dios me
detendrá para que lleve su señal.
Que primero nos deje nuestro
dolor, nuestra aflicción". Y dio la
vuelta por el otro lado del cerro.
Pero la Virgen María que a todas
partes está mirando salió a su
encuentro y le dijo: "Juanito, el
más pequeño de mis hijos, ¿a
dónde vas?"

"Mi niña, mi jovencita, voy a
México a buscar un sacerdote
para un siervo tuyo, tío mío, que
está muy grave. Ten un poquito
de paciencia conmigo que luego
volveré por la señal", respondió
Juan Diego.

"Escucha Juan Diego, ponlo en tu
corazón. ¿No estoy aquí yo que
soy tu Madre? ¿No estás bajo mi
sombra y resguardo? ¿No soy yo
la fuente de tu alegría? ¿No estás
en el hueco de mi manto, en el
cruce de mis brazos? ¿Tienes
necesidad de alguna otra cosa?
Sabe que tu tío ya está bien, ya
está curado. Ahora es muy
necesario que subas a la cumbre
del cerro. Allí encontrarás flores.
Córtalas y tráelas a mi presencia.

Juan Diego sabía que no se
daban flores en esa época del
año, pero subió sin dudar y
cuando llegó se encontró en el
paraíso. Cortó las flores, las
guardó en su manto y bajó al
encuentro de la Virgen. Ella las
tomó con sus santas manos y le
dijo: "Estas flores son la señal que
llevarás al señor Obispo. Dile que
vea en ellas mi deseo, para que
construya mi templo. Y sabe que
mucho te voy a glorificar por tu
trabajo y por tu cansancio. Y en ti
que eres mi mensajero está
puesta mi confianza".

Cuando Juan Diego llegó al
palacio del Obispo, después de
mucho esperar logró verlo.
Primero le contó todo lo que había
visto y oído, y cuando terminó su
relato le dijo: "Aquí tienes las
flores, hazme el favor de
recibirlas".

Juan Diego comenzó a abrir su
manto y a sacar las flores. Allí
mismo comenzó a ver que la
imagen de la Santísima Virgen de
Guadalupe se había quedado
grabada en su manto. Ella se
había estampado en la tilma de
Juan Diego en la misma forma y
figura en que está hoy en su
casita de México.